Dicen que los gatos abandonados, especialmente los que han pasado hambre de pequeños, tendrán una obsesión con la comida durante toda su vida. No sé si esto se habrá comprobado científicamente, pero el caso es que yo siempre tengo hambre.

Dice mi humana que mi problema es a causa de un trauma infantil. No sé, no recuerdo mucho mi infancia. Todo el mundo dice que fui abandonado, a mí me gusta más pensar que me independicé a edad muy temprana. Todos los inicios son complicados, los que se han marchado de casa lo saben, y en mi caso fue así: vagué varios días por la montaña en busca de comida y un hogar. No recuerdo muy bien de qué me alimentaba, apenas tenía un mes, pero es posible que mi humana tenga razón y que aquello me haya marcado, pues, volviendo al tema principal de mi artículo: soy un tragón.

Tras irme a vivir con mi humana, los primeros meses le pedía comida a todas horas, incluso la despertaba de madrugada para pedirle comida. Todavía no había aprendido a abrir la puerta de la cocina ni llegaba a la alacena donde almacenaba la comida, así que tenía que despertarla. El problema era que ella no me hacía caso y pretendía que tuviese un horario de comida. ¿Horario de comida? ¡A quién se le ocurre!  Hay que comer cuando a uno le apetece, para horarios ya están los humanos y mirad qué raritos son.

Tras varias pruebas, mi humana consiguió acertar con unos pseudohorarios que a mí me iban bien: me daba de cenar muy tarde, sobre las once de la noche, y luego no tenía hambre hasta las seis de la mañana, que es cuando ella se levantaba. Poco a poco conseguí, con mucha paciencia por mi parte, encajar mi apetito a ciertas horas. Mi humana se ha preocupado siempre por mi alimentación, es un poco pesada y bastante estricta, pero la comida que me da siempre me sienta bien, así que no me puedo quejar. Ya os hablaré de lo que como habitualmente en otro artículo. Eso sí, por buena que sea la comida, siempre me quedo con hambre.

Cuando cumplí un año aprendí a abrir las puertas de casa. Lo sé, soy un gato excepcional. Así que ya pude entrar en la cocina y comer cuando me apetecía. A mi humana no le hizo mucha gracia porque rompí un par de sacos de comida, me di un atracón —qué momento…—  y, claro, estuve vomitando un par de días. Solo fue un pequeño empacho, pero ella se enfadó y se llevó los sacos de mi comida al trastero. Qué contrariedad.

Fue entonces cuando llegó Trixie a mi vida —bueno, en realidad se llama LeBistro, pero yo le llamo Trixie—. Es una máquina cabezona que está llena de pienso y me da varias raciones al día según el horario —¡malditos horarios! ¡qué obsesión tienen los humanos!— que le ha programado mi humana. La única ventaja de Trixie es que aunque mi humana llegue tarde del trabajo, yo puedo comer sin tener que esperarla. Eso está muy bien. Por lo demás, tampoco le veo yo tanta gracia a la maquinita: no se rinde a ninguno de mis encantos, no hay manera, ni cabezazos, ni restregar el lomo, ni soltarle maullidos lastimeros… nada. Prefiero mil veces a los humanos, que son débiles y manipulables.

Aun así, pese a que la maquinita fría y calculadora me sirve la comida, cada vez que un humano va a la cocina, corro para llegar antes que él y anticiparme a su sabroso botín; a menudo no me apetece nada su pienso, pero yo voy por si acaso. Siempre hay que estar alerta.

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